¿Podrá la IA reemplazar el ojo humano y autenticar las obras de arte? 

Una reciente autentificación de Rubens con inteligencia artificial abrió nuevamente el debate sobre las oportunidades y limitaciones de esta tecnología en el mundo del arte. Se trata de El baño de Diana, una obra que para muchos expertos era una copia de Rubens. 

Sin embargo, la empresa suiza de autenticación Art Recognition señaló que la obra podría ser del artista. Para llegar a esta conclusión, Carina Popovici, directora ejecutiva, explicó que, además de entrenar el algoritmo con las obras auténticas del artista, fueron incluidas “imágenes de copias, imitaciones y obras realizadas por admiradores. De todas estas imágenes de entrenamiento, la IA aprendió el estilo único de Rubens, pero también a distinguir obras auténticas de buenas imitaciones”.

De esta forma, el análisis determinó, con más del 80% de probabilidad, que algunas secciones del cuadro podrían haber sido pintadas por el autor. Y aunque no toda la obra sería suya, esto no es raro. Rubens, como muchos artistas de su época, tenía un taller con asistentes y permitía incluso que los colaboradores copiaran sus creaciones. 

El problema es que Nils Büttner, presidente del Centrum Rubenianum - la autoridad líder en la autenticación de Rubens y del catálogo razonado del artista - difiere de este concepto. Según Büttner hay inconsistencias en la técnica y, a lo que su ojo crítico dicta, poca calidad en la pintura para ser atribuida al artista. Entonces, ¿cómo resolver esta diferencia? 

Tradicionalmente, las obras de arte se autentican a través de tres formas principales. Por un lado, el ojo experto o 'connoisseur' que depende de la comparación -visual y mental- y la sensibilidad estética de profesionales del arte. Por otro, la procedencia mediante la verificación de registros históricos, catálogos razonados -si existen-, exposiciones y transacciones previas de la obra. Y finalmente, el análisis científico con técnicas como la datación por carbono, análisis de pigmentos y fluorescencia de rayos X para detectar si las condiciones de la pieza corresponden con aquellas de la época del artista al que se atribuye la autoría. 

A pesar de que estos criterios no son excluyentes y a menudo se utilizan en conjunto, el connoisseur tiene un rol determinante en el mercado del arte. Según Rachel Kaminsky, experta en pintura del siglo XIX, "El componente intuitivo es lo que ocurre durante los primeros segundos en que un experto se encuentra frente a una pintura. Casi instantáneamente —en un abrir y cerrar de ojos— el cerebro procesa una enorme cantidad de información... Es difícil explicar cómo sucede este proceso, pero, sorprendentemente, estas reacciones instantáneas suelen ser acertadas." Esta intuición y decisión subjetiva, es ampliamente aceptada en el mundo del arte, llegando incluso a ser un criterio determinante en disputas legales por autenticidad y, por supuesto, en la compra misma de las obras.

Hace un par de meses, por ejemplo, la empresa LMI Group afirmó haber encontrado la “obra perdida” de Van Gogh comprada por menos de 50 dólares que, autenticada, costaría 15 millones de dólares Sin embargo, el museo del artista salió rápidamente a desmentir la autoría de la obra. Lo curioso es que, la institución negó la autenticación en un corto comunicado sin analizar físicamente la pieza, mientras que la empresa destinó más de 4 años de investigación, 30,000 dólares, un reporte de casi 500 páginas, más de 15 profesionales y la combinación de métodos científicos avanzados y análisis de archivo. 

A pesar de la rigurosidad del informe y el “rápido descarte” del museo, estaríamos todos de acuerdo en que, si la autoridad en Van Gogh afirma que la obra no es auténtica, el manto de duda que genera es difícil de eliminar. Entonces, aunque es una apreciación subjetiva, hay poco espacio para discusiones cuando el experto se niega a reconocer una obra. Pero, además, es claro el poder que ostenta y el enorme impacto que su criterio tiene en el mercado y en una posible disputa legal.

Parece ser, entonces, que hay roles en el mundo del arte que siguen estando reservados al ser humano y su capacidad única de apreciar el arte. Sin embargo, es justamente a este ojo experto que se suma la precisión de la tecnología y la complejidad de la IA como una nueva herramienta de autenticidad. La pregunta es si esta tecnología tiene, o tendrá, la capacidad de competir con los profesionales del arte y modificar su valor probatorio. 

Probablemente, la IA nos permita detectar patrones que los humanos no podemos percibir. Puede también que logre descentralizar esta labor, reducir costos y, más interesante aún, otorgue transparencia sin precedentes a un mercado en el que se estima que hasta un 40% de las piezas podrían ser falsificaciones. Lo cierto es que su precisión está sujeta a la calidad, diversidad y detalle del conjunto de datos con que haya sido entrenada, y se enfrenta hoy a un sector en el que el humano, su sutileza, experiencia e intuición, son el factor de autenticación por excelencia.  Sin duda El baño de Diana no es el primer caso de esta naturaleza y aunque la IA no se gana aún la confianza de los actores del mercado del arte, pone sobre la mesa un nueva y poderosa herramienta de autenticación. Será que esta actividad, hasta ahora confiada principalmente al ser humano, ¿también será reemplazada por la imparable oleada tecnológica?

Accede a la versión en inglés aquí.

Laura Villarraga - Kepler Karst - Abogada especializada en propiedad intelectual y en derecho del arte
Of Counsel

E: lvillarraga@keplerkarst.com

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